Recuerdos

Recuerdo aquel verano. ¡Cómo no lo voy a recordar! Tenía 5 años, estaba aún descubriéndolo todo,  convencido de que las estrellas cuelgan del cielo tal y como me lo contaban. Mi madre y mis dos hermanas mayores me ensañaban a repetir ¡A, E, I, O, U! Una y otra vez. Todo el mundo vivía en armonía y era muy feliz. El pueblo, su gente, el valle y las montañas que lo rodean eran mi universo, no existía ni necesitaba nada más. Solo me hacía falta estar más tiempo con mi padre que se iba tan temprano y volvía muy tarde, sólo compartíamos el momento de la cena con él, nunca descansaba, ni siquiera los domingos.

Por eso fue tan agradable la sorpresa cuando nos anunció que se iba a tomar unos días de descanso,  había organizado con algunos vecinos una excursión y una acampada por el camino del desfiladero y sus bosques, un paraíso del que había oído hablar y aún no conocía. Mis hermanas reían al enterarse de la noticia. Habíamos hecho una escapada similar hacia más de dos años, por un valle cercano, era yo demasiado pequeño como para acordarme.

Caminamos bastante. Fui de la mano con mi padre casi todo el trayecto, los prados estaban más verdes y radiantes que nunca. Paramos cerca de unas cuadras para el ganado,  y entre los árboles montamos nuestras carpas. ¡Me sentía tan feliz! Esos días mi padre tenía todo el tiempo del mundo para mí. De aquellos días, no sé cuántos, pero  muy pocos para mí, tengo muchos recuerdos. Los paseos, jugar con los demás niños, mi padre intentando enseñarme pescar en un río, recoger leña con los demás niños y dormirme abrazado a mi madre poco después de mirar las estrellas. Recuerdo también que poco antes de volver mis padres no dejaban de sonreír. No regresamos todas las familias al pueblo, algunos padres podían disfrutar de más tiempo de descanso. ¡Qué envidia sentía de ellos!

Con los años fui aprendiendo y me fueron enseñando. En ese verano no estábamos de paseo y acampando, huiamos y nos estabamos escondiendo. Era el verano de 1938 y era la segunda vez que la Guerra Civil entraba al pueblo trayendo consigo el horror y la muerte. La alegría no eran más que muecas nerviosas y las explosiones no eran las que habitualmente se escuchaban a causa de los mineros. De aquella excursión sólo volvimos los a que ojos de los vencedores no eran sus enemigos, nunca supe qué fue de los que dejamos atrás.

Y en medio del miedo, de la angustia y de la desesperación estaban mis padres esforzándose, luchando contra sus sentimientos, cuidando los gestos, las miradas y las palabras construyendo otra realidad para mí. Ellos solos pudieron sostener mi alegría e inocencia mientras el mundo estaba en llamas, derrumbándose.

Ahora en mi vejez sólo soy dueño de mis recuerdos y la muerte está a punto de venir a buscarme.  Me llevo conmigo el esfuerzo, el amor y la entrega que ellos tuvieron conmigo ese verano y toda su vida.

 

 

 

Imagen: Campanario de la Iglesia de Santa Cruz la Real. Caleao. Asturias.

Fotografía: Hernán Piñera

 

 

 

 

 

 

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